Un mundo hermoso

Ciudad Nueva n°393

Entrevistamos a Michel Pochet, arquitecto, pintor, poeta. Hablamos de arte, un tema que lo apasiona, a su regreso de una visita a Japón.

– Muchas veces hemos hablado en las páginas de Mundo Unido sobre política y economía para construir un mundo mejor. Según tu opinión ¿la belleza puede influir en las organizaciones y la vida social? ¿El mundo unido también tiene necesidad de artistas?

– Un gran leader de la Revolución francesa proclamó que la Revolución no tenía necesidad de poetas, mandando a la guillotina, con esa afirmación, al más grande poeta de ese tiempo. Me parece que estaba muy equivocado. Más aún, pienso que era muy injusto e ingrato frente a los artistas que siempre prepararon los corazones y las mentes a ideas nuevas, anticipando los tiempos con sus intuiciones ya que naturalmente están siempre del lado de la libertad.

Cuando era estudiante de arquitectura escribí una tesis de urbanística sobre el tema del "derecho a la belleza". Me parecía que todos los hombres tendrían que ser iguales frente a la belleza, que todos tuvieran igualmente el derecho y el deber de dar y buscar la belleza. Era utópico porque lamentablemente la belleza está confiscada por un elite. Soñaba con una belleza democrática, al alcance de todos.

Justamente en Japón hubo algo que me impresionó: todos los edificios tradicionales, desde la más humilde de las casas hasta el palacio del Emperador, pasando por los templos y los museos, están construidos teniendo como elemento de base el mismo módulo: el tatami. El tatami no es una medida abstracta, sino un objeto real que los judokas conocen muy bien, una suerte de estera de bambú hecha de tal modo que queda suave bajo los pies. Dispuesta en número más o menos grande, compone el piso de las habitaciones de todos los edificios. Un tatami mide aproximadamente dos metros cuadrados. Una casa muy pobre puede tener dos tatamis de superficie, el palacio imperial, tal vez, mil tatamis. El piso donde se camina descalzos, sobre el que se sienta para comer o mantener una charla, sobre el que se duerme, o también se arrodilla para rezar, es siempre el mismo tatami. La jerarquía de la sociedad japonesa –casi caricaturesca para la mirada occidental– no impide a los japoneses vivir en el mismo mundo, sobre el mismo tatami. Esta impresión se refuerza con los objetos familiares. La taza de te de un príncipe puede ser la obra maestra de un gran artista digna de relucir en el Museo Nacional, pero se asemeja infinitamente a la taza de te del pobre campesino. Ricos y pobres no viven en mundo distintos, usan objetos sensiblemente iguales.

Viven del mismo modo, la estética es el fundamento, y este mundo no es privativo de una elite. Todos son capaces de cultivar un bonsái y de transformar un pequeño espacio en un paraíso de Buda.

– Para que exista la belleza son necesarios hombres y mujeres que le den vida. La aventura artística a lo largo de los siglos ha forjado y renovado las culturas. ¿Qué lugar ocupa la vocación de los artistas?

– Dios Creador es Belleza. A la noche de cada día de creación se alegra frente a la belleza de su trabajo: "y Dios vio que era hermoso". En las traducciones habituales se lee "era bueno", pero tanto en hebraico como en griego hermoso y bueno se expresan con la misma palabra, y me gusta pensar que Dios creó al mundo hermoso además de bueno. Los artistas están llamados a continuar ese trabajo de creación de un mundo hermoso, y alegrarse de la belleza que sale de sus manos (y si es hermoso, bello, también es bueno, pensemos en la ecología, la urbanística…). Dios es belleza y como belleza llama a los artistas a consagrar su vida a la belleza, y es una vida heroica. En el arte se trata de crear, de lo contrario no hacemos una obra original sino una simple copia. La obra creada nos sorprende porque es nueva, sale de los criterios objetivos habituales. Es como un nacimiento, una obra de arte es un ser independiente. El artista no sabe si lo que hizo es bello. Es impresionante constatar como todos los grandes artistas vivieron esta experiencia. Si se profundiza un poco en el conocimiento de sus vidas, nos damos cuenta que siempre vivieron "partos" muy dolorosos. Crear es un desapego, una pérdida. Los que osaron crear algo nuevo dieron testimonio de un coraje heroico. Arriesgaron mucho, como a su modo los santos que osaron vivir y proclamar una luz nueva sobre el Evangelio.

Crear, es verdad, pero es necesario partir de algo o de alguien… ¿La creación no sale de la nada, también para los grandes?

– ¡La creación es, antes que nada, cuestión de mucho trabajo! Matisse trabajaba como un obrero, todo el día, siguiendo horarios rigurosos. Para obtener la espontaneidad y la simplicidad en los trazos, pintaba hasta cincuenta telas con el mismo motivo, simplificando progresivamente, hasta la perfección que nos parece que surge espontáneamente. Todos los grandes artistas tuvieron esta perseverancia y esta humildad. Sigo su escuela, como uno puede seguir la escuela de un gran santo. Me iluminaron sobre mi pintura. Un día mientras pintaba un retrato de mi padre, tuve la sensación de que Cézanne estuviera detrás de mí, en el attelier. No significa que pintaba como él, sino que el estaba allí, como un hermano mayor, infundiéndome coraje en mi trabajo. Matisse escribía a Bonnard al final de sus vidas: "Para mi Giotto es el vértice de mis deseos, pero el camino que lleva hacia un equivalente en nuestra época es muy importante para una sola vida. Por otra parte las etapas son interesantes".

¡Descubrí que Matisse era de la familia estética de Giotto! Matisse buscaba ser el Giotto de nuestro tiempo. Giotto vivía la espiritualidad franciscana y pintaba con simplificación extrema de las formas. Matisse hizo lo mismo en nuestro siglo. Giotto hizo profano lo sagrado, en el sentido que lo hizo humano, accesible a todos. Miren las pinturas de Matisse, nunca son vulgares, pero son puras y densamente terrestres al mismo tiempo. Matisse se había sumergido en el ideal estético de Giotto y supo dar cuenta de ello en el contexto de la pintura moderna.