Pilar Cabañas

ENTREVISTA TMT

Ayer me hicieron una breve entrevista de 10 minutos en la TMT, que es la televisión de la Iglesia en Madrid. Era el primer programa de una serie titulada Aprender a Mirar, en la que quieren dedicar una vez al mes 10 minutos a las bellas artes. Su idea era que alguien diferente comentara su obra favorita en cada programa. Cuando contactaron conmigo les propuse que como inicio podían justificar la razón que les movía a ello y les pareció bien. Ayer grabaron el programa. Me preparé lo que quería decir, pero ellos alteraron la entrevista y no recuerdo bien lo que dije, pero la intención era dejar claro la necesidad de belleza que siente el hombre.
 

¿Por qué crees que dijo Dostoevskij que "la belleza salvará el mundo"?

Quizá por la misma razón que el Papa Juan Pablo II ha dicho que "este mundo tiene necesidad de belleza para no caer en la desesperación".

Si se piensa en estas palabras se ve que la belleza no debe concebirse como algo ligero y superficial, vano, mera apariencia. El arte, en cada una de sus manifestaciones, ya sean las artes plásticas, la literatura, la música, o... tiene una potencia tal que hace que la verdad y la bondad se perciban. Y esto ha sido evidente en los numerosos comentarios que de Eduardo Chillida y su obra han aparecido en la prensa. De un modo recurrente se alababa la profundidad, la sinceridad, la intensidad de un arte que apela al diálogo con lo absoluto, sin hacer ver que aquello era solo posible por la enorme potencia de la belleza que contenían.

¿Crees entonces que la belleza es necesaria para el hombre?

Nadie duda que la bondad es una aspiración del hombre, y que está se perfile como la solución de muchos de los males de nuestro tiempo. Todos estamos convencidos de que cualquier relación, ya sea con una persona, con un estado, o con el pasado y el presente, debería construirse desde la verdad. ¿Pero que ocurre con la belleza?, ¿acaso imaginamos un mundo de paredes blancas, lisas sin ventanas, ni cuadros, ni posters, que nos abran a un más allá?

Podemos hacer memoria y constatar que desde nuestro pasado remoto, el hombre ha sentido la necesidad de rodearse de objetos bellos, atractivos. Tesoros funerarios, cámaras de maravillas, museos, exposiciones temporales, respuestas muy diferentes en las formas, pero que en el fondo responden a un deseo de conocer, de atesorar, conscientemente o no, la riqueza intangible que emana de las piezas, de comprender el arte desde la vida y la vida desde el arte.

Primero piedras de colores y brillos, conchas, raíces, que por su rareza o la armonía de sus formas se hacían dignas de convertirse en amuletos y ser guardadas colmando un deseo profundo de poseer. Poseer aquellas piezas que por unas características difíciles de describir hacen del objeto algo singular.

El tacto se complace en ellas, la vista se recrea en su color, en ocasiones por efectos metonímicos nos parece escuchar su voz, su olor, su sabor. Los sentidos son los que han atraído al hombre hacia determinadas piezas como si de un imán se tratara.

El hombre siente también una sed estética en el sentido más amplio del término, una necesidad que no puede ser colmada por lo material, y que sin embargo se sirve de ello para saciarla. Verdad, bondad y belleza han sido manejadas por filósofos como Pitágoras como una especie de "trinidad", y quizá sea en la armonía y complementariedad de las tres donde resida el ansiado equilibrio del ser humano.

La verdad y la bondad son algo que la ética reclama como principios de estabilidad social, pero ¿y la belleza?. Si desde que la memoria recuerda el hombre ha coleccionado objetos hermosos, piezas que median en la comunicación entre la intuición y el mundo de la lógica, es porque se ha sentido esta necesidad como algo vital, a pesar de que la dicotomía excluyente y la practicidad del pensamiento occidental nos haya hecho considerarlo algo accesorio de lo que se puede prescindir.

¿Es entonces por su belleza por lo que el arte atrae al hombre?

No exclusivamente y sí. Si pensamos en aquellas obras ácidas, cargadas de dolor y de crítica, o en aquellas otras que intentan contarnos un misterio, una verdad, más allá del ritmo, la composición y la armonía de los colores –que indudablemente deben manejarse pues se trata de algunos de los recursos de las artes plásticas- estas obras tienen alma, tienen la capacidad de conmover, de suscitar interrogantes, de deleitarnos.

Ello nos debe hacer reflexionar sobre la validez de esa "trinidad pitagórica" que antes mencionaba: verdad, bondad y belleza, y que como en la Trinidad del credo cristiano, una persona participa de la otra. Por ello, y dependiendo del artista y de su entorno, cada uno de estos componentes, de estas categorías o necesidades, será combinado en su creación en una proporción diferente.

No existe una norma que nos pueda servir para medir la cantidad de verdad/bondad/belleza que una obra ha de contener como la receta segura que nunca falla.

¿Cual es entonces el papel del artista y del arte?

Se ha hablado del artista como mediador, como visionario, y en cierta medida lo es.

Su creación, no sólo es reflejo de una sociedad, sino que él como abanderado, avant gard, ayuda a su desarrollo, intenta colmar con su obra aquellas necesidades que intuye en la sociedad en la que está inserto, o aportar su granito de arena en el ahora para construir un futuro diferente.

Podría servirnos de ejemplo el arte con el que se inició el siglo XX. En una sociedad dominada por el orgullo colonialista, los artistas se acercaron a esos pueblos distantes en el tiempo y en el espacio con una mirada mucho más profunda, capaces de reconocer la riqueza de sus culturas y los frutos que el respeto al arte del otro podía dar. Estoy hablando de Picasso, de Max Ernst, de Gauguin, y más cercanos en el tiempo, de Saura, Tàpies, Barceló...

Unidad en la diversidad, apertura y comprensión, la validez de los valores y soluciones del otro, son mensajes que desde la belleza, la verdad y la ética del arte, los artistas de todo el siglo XX han estado lanzando a una sociedad que evidentemente camina mucho más lentamente que ellos.

Recordemos Mediterrània (1910) de Joaquim Sunyer, ¿no podríamos leer hoy un mensaje desde la ecología?, ¿un mensaje que a través de unas soluciones plásticas acertadas, nos hacen sentir con fuerza la cada día más urgente necesidad de sentirnos uno con la naturaleza?

¿Y no es acaso ésta la demanda, la necesidad suprema de nuestro tiempo? Pensemos en las múltiples razones que han generado los grandes problemas de nuestro presente: incomprensión, imposición, devastación, ... Pensemos idealmente cuales serían las soluciones... escucha, valoración de lo que es diferente, respeto a la vida en todas sus manifestaciónes...

Por tanto, como apuntaba anteriormente, la creación del artista no camina a la par que la sociedad en que se genera, o al menos no en todos los casos, sino que su intuición, consciente o no, le hace ir por delante.

En el arte actual, si contemplamos el panorama existente, hay un fuerte interrogante social sobre qué es el arte, sobre todo ante los continuos cambios de soportes y recursos empleados.

Pero el componente ético, los interrogantes sobre lo esencial y la creación de belleza, siguen siendo elementos constantes en cualquiera de las manifestaciones.

Ante el momento histórico que atravesamos, algunos artistas reclaman a la sociedad una concienciación del panorama mundial en el que vive, al tiempo que otros intentan colmar su sed de belleza, sin que ello suponga una evasión de la situación o el contexto en el que se vive, porque de algún modo, el hombre necesita también de este tipo de obras para lograr un equilibrio espiritual que le lleve a la acción sincera y correcta en cada gota de presente. (Recuerdo la película de El paciente inglés. En medio de la guerra, de la devastación, uno de los pocos momentos alegres de la protagonista es cuando uno de los personajes, curiosamente, de otra religión, rescata de la oscuridad la visión de los frescos de la iglesia del pueblo donde se encuentran. Ella ilumina con una linterna las pinturas que iluminan su interior, que alegran su alma y la permiten seguir adelante) Y tanto unos artistas como otros, crean a través de esa verdad que sin querer, susurrando, se filtra en cada pincelada, en cada pieza que se coloca, en cada material que se elige, y que es la que mezclada en la proporción correcta otorga vida, da un alma que vive por toda la eternidad en la obra maestra.


Pilar Cabañas

La fuerza de Oriente

en la obra de Joan Miró

Electra